
Es hermosa la infancia, Verdad? Para mí, el tiempo más horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; Román, su padre era ingles y su madre española.
Lo conocí en el colegio. Era un buen chico, muy amable, yo en cambio era huraño y brusco. A pesar de estas diferencias, llegamos a ser amigos y andábamos siempre juntos. Román siempre fue un buen muchacho y no tuvo inconveniente en llevarme a su casa y mostrarme su colección de estampillas.
La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza central, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en donde se había cometido un crimen, del cual se hablo mucho en el pueblo. La casa era triste y tenía en la parte de atrás un huerto grande, con las paredes llenas de enredaderas de campanillas blancas y moradas.
Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, el de las enredaderas, y en el techado ancho con losas que tenía sobre la cerca enormes macetones con malvones.
Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por su misterio. Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos llamaba.
Bajamos y nos hicieron entrar en una sala grande y triste. Junto a un balcón, estaban sentadas la madre y la hermana de mi amigo. La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.
La madre, con voz severa, nos sermoneo por la aventura y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas acerca de mi familia y de mis estudios. Mientras la madre hablaba, la hija sonreía; pero de una manera tan rara…
-hay que estudiar-dijo a modo de conclusión la madre.
Salimos del cuarto, me marche a casa y toda la tarde y toda la noche no hice mas que pensar en esas dos mujeres. Desde aquel día esquive como pude ir a la casa de Román. Un día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia, las dos enlutadas, me miraron y sentí escalofríos al verlas.
Cuando concluimos el curso, ya no veía a Román; estaba tranquilo. Pero un día me avisaron de su casa, que mi amigo estaba enfermo. Fui y lo encontré en la cama llorando, y en voz baja me dijo que odiaba a su hermana. Sin embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le cuidaba con esmero y lo atendía con cariño. Aunque tenía una sonrisa tan rara…
Una vez al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de dolor.
–Que tienes- le pregunte. Y me enseño un moretón inmenso, que rodeaba su brazo como un anillo. Luego, en voz baja murmuro:
-ha sido mi hermana.
-Ah! Ella…
-No sabes la fuerza que tiene, rompe un cristal con los dedos. Y hay algo más extraño: mueve un objeto cualquiera de un lado a otro, sin tocarlo.
Días después me contó, temblando de terror, que a las doce de la noche, hacia ya cerca de una semana que sonaba la campanilla de la escalera, se abría la puerta y no se veía a nadie.
Román y yo hicimos un gran número de pruebas.
Nos apostábamos junto a la puerta…llamaban…abríamos…nadie. Dejábamos la puerta entreabierta para poder abrir enseguida…llamaban…nadie.
Por fin quitamos el llamador al timbre y éste sonó, sonó…y los dos nos miramos estremecidos de terror.
-Es mi hermana, mi hermana-dijo Román. Y, convencidos de esto, buscamos amuletos
por todas partes.
Inútil, todo inútil. Las cosas saltaban de sus sitios y en las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostros. Román languidecía, y para distraerle, su madre le compro una hermosa cámara fotográfica. Todos los días íbamos a pasear juntos, y llevábamos la maquina en nuestras expediciones.
Un día se le ocurrió a la madre que los retratara a los tres en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de Inglaterra. Román y yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y sus dos hijos.
Enfoqué, y por si acaso me salían mal, tome varias fotografías. Enseguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero sobre la cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.
Dejamos a secar las placas y al día siguiente las pusimos en la prensa, al sol, para secar las diapositivas.
Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea. Al mirar la primera prueba, Román y yo, nos contemplamos sin decirnos palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer, de facciones parecidas a las suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra; pero en distinta actitud, inclinándose sobre Ángeles, como hablándole al oído.
Nuestro terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados. Ángeles miro la fotografía y sonrió tan raro…
Salí de la azote y baje las escaleras de la casa tropezando, cayéndome y al llegar a la calle eche a correr, perseguido por la risa de Ángeles.
Al entrar en casa, al pasar junto a un espejo, la vi en el fondo de éste, sonriendo, sonriendo siempre…
¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente! Porque los locos no duermen, y yo duermo…!ah! creías que yo no sabia eso? Los locos no duermen y yo duermo.
Desde que naci todavía no he despertado…

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