Una vez abajo, sintió dificultad al respirar, pero también ligereza al moverse. Sus ojos comenzaron a arderle y un mareo repentino le obligó a sentarse mientras sentía el rugoso y caliente piso con las palmas de sus manos.A gatas, fue acercándose cada vez más a los individuos desnudos. Una mujer se percató de su presencia y comenzó a mirarlo como un sujeto completamente raro y ajeno a su hábito. No parecía asustada, sólo sorprendida y curiosa. Al intercambiar miradas y mantenerlas fijas Kinor tuvo la confianza de aproximarse a ella y tratar de cuestionarles donde estaba, quien era ella y si podía ayudarlo. No obstante, la mujer se apartó vertiginosamente al percatarse de sus intenciones. Kinor se incorporó, sacudió sus manos en sus pantalones y a levantar la vista, notó que era observado por más de cuatro sujetos. Tres hombres y una mujer. El más alto era anciano y la mujer tenía los ojos color miel. Ver a cuatro personas desconocidas, totalmente desnudas, le impacto bastante.
Los miro fijamente a cada uno para tratar de entablar alguna comunicación, pero ellos parecían ignorar eso. Por instinto levantó su mano y ese movimiento alteró a los individuos. Se pusieron en pose de ataque y Kinor no dudó en alzar las manos y explicar que no les haría daño, que estaba perdido, confundido y alterado. Sin embargo, aquella señal con las manos pareció ser mal interpretada y los cuatro se lanzaron al mismo tiempo. Lo tumbaron, le taparon la boca, le sujetaron los brazos, las piernas y comenzaron a desplazarlo. Lino se sintió más mareado, una ola de calor invadió su cuerpo y no pudo evitar desmayarse.
Abrió los ojos y vio el cielo. Llevaba semanas sin verlo, estaba nublado. Trató de incorporarse por instinto pero sus manos estaban atadas lateralmente a su pecho al igual que sus piernas.
Dos hombres más se acercaron y comenzaron a jalarle su campera, pantalón y zapatos. Kinor se sintió ultrajado, pero no podía hablar. Cada vez que lo tocaban una inmensa energía calorífica lo invalida. Sentía su garganta cerrada y cerraba los ojos para aminorar el dolor. Seguía sintiendo los tirones y gritos. Tras unos minutos su campera estaba rota y habían logrado quitarle un zapato. Al tratar de ver dónde llevaban sus zapato, se percató que cientos de personas desnudas veían el especie de ritual.
Algunos sostenían una antorcha con un fuego verde. Kinor volvió a ver al cielo y se preguntó mil veces donde estaba. Suspiró y cerró los ojos nuevamente. Minutos después, sintió como lo mojaban con un líquido. Antes de que pudiera reaccionar, las personas desnudas arrojaron sus antorchas hacia él y comenzó a incendiarse.
Ese sujeto no era humano –pensó la mujer de los ojos miel mientras lo veía arder.

