Don Alberto sabía que no contaría con nadie en su vejez. Desde muy joven había decidido no casarse, los amores para él eran ocasionales, simples distracciones. Su hermana, mucho mayor que él, estaba radicada en el exterior. Durante sus años de juventud, desperdicio mucho dinero en frivolidades, ya a cierta edad, tomo conciencia. Así que decidió vivir en completa austeridad, cuidando cada centavo. Después de todo, pensó, ya tengo todo lo que ambicione. Entonces, se asocio a la clínica más cara del país, con las mejores prestaciones y profesionales; fue pagando por adelantado el mejor geriátrico, y ahorro cuidadosamente mucho dinero extra para propinas a enfermeras y asistentes.Al cumplir 60 años, decidió festejarlos en su ciudad natal, así es que muy temprano salió en tren hacia su pueblo. Luego de dos horas de viaje, sucedió lo impensable: el tren descarriló y todos los sobrevivientes (él incluido) fueron llevados al hospital más cercano de un pueblo muy pobre, donde ese hombre, gravemente herido, pasó sus últimos días rodeado de algunas personas llenas de buenas intenciones, pero sobrecargadas de trabajo, sin ganas suficientes, ni medicamentos adecuados, ni televisor en la habitación privada como él había planificado.
Antes de morir, recordó todos los años desperdiciados en su juventud; simple utopía, y más tarde los años de privaciones y sacrificios que le había de garantizar lo que, tarde comprendió, nadie puede prever.


