Tercera y Última Parte

Aquel jinete desmontó y la saludó amablemente, con modales finos que ningún hombre había tenido con ella.
- He perdido el camino que conduce a la aldea ¿podría indicármelo? - le pregunto.
La muchacha se puso de pie al borde del arroyo, erguida como una rama joven, y contestó:
- No lo sé, amo, pero iré a preguntarle a mi tutor, porque él sabe.
Al pronunciar estas palabras, la muchacha sintió un poco de temor. La timidez y modestia de su acento realzaron su juventud y belleza. Ya se marchaba, cuando aquel hombre la detuvo con un ademán. El rojo vino de la juventud circulaba vigorosamente por sus venas, y su mirada cambió al decir: “No, no te vayas”. La joven permaneció en pie, con expresión de sorpresa, pues había sentido en aquella voz una fuerza que le impedía moverse. Miro furtivamente al caballero, que a su vez la miraba con atención, con una mirada que ella no podía entender. Luego, le dedicó una sonrisa tan encantadora, tan tierna, que la muchacha sintió ganas de llorar. Aquel hombre posó una mirada afectuosa en los pies descalzos, en las delicadas muñecas, en el terso cuello, en el suave y espeso cabello. Notó, con creciente pasión, la pronunciada piel soleada, y aquéllos brazos, que la naturaleza había hecho fuertes. Pero la muchacha permaneció silenciosa y avergonzada. No quería irse, por razones que no lograba explicarse, tampoco podía hablar.
La vaca lechera volvió aquella tarde al establo sin su ama, pues Anjana no regresó. Su tutor recorrió el valle gritando su nombre, pero no obtuvo más respuesta que los ecos de las cuevas y el clamar del viento en las copas de los árboles. La muchacha había desaparecido de aquélla comarca, sin dejar tras de sí, más que unas cuantas lágrimas en los ojos de una campesina, y un patético recuerdo que vagaba con la brisa de la mañana sobre el valle, y que luego, como el aliento de un niño, en el cristal de una ventana, se desvaneció para siempre…