lunes, 16 de agosto de 2010

CARTA


En este momento estoy peor de salud de lo que estaba a principios del verano. Los largos meses que pase alternando el mar con el campo han aumentado la distancia entre mi cuerpo y mi espíritu. Pero este extraño corazón que solía latir más de cien veces por minuto se ha apaciguado y ha vuelto a la normalidad después de haber arruinado mi salud y afectado mi bienestar. El descanso me beneficiará de alguna manera, pero las medicinas son a mi enfermedad lo que el aceite es a la lámpara. No necesito los médicos y sus medicinas, ni descanso ni silencio. Siento la imperiosa necesidad de que alguien alivie mi carga. Necesito un remedio espiritual, una mano servicial que alivie mi congestionado espíritu. Necesito un viento fuerte que derribe mis frutos y mis hojas. Soy un pequeño volcán cuyo cráter ha cerrado. Si hoy pudiera escribir algo bello y grandioso sanaría por completo. Si pudiera gritar, se recobraría mi salud. Puedes decirme: ¿por qué no escribes algo para sanar y por qué no gritas para recobrar tu salud? Y mi respuesta es: no lo sé. Soy incapaz de gritar, y esa es mi verdadera dolencia. No me menciones mis actos pasados, pues sufro al recordarlos y su trivialidad torna a mi sangre en fuego ardiente, su aridez genera ser en mi corazón, su debilidad me sostiene y me oprime una y mil veces por día. ¿Por qué escribí todos esos cuentos y poesías? Naci para vivir y sufrir. Y para decir una palabra viva y sublime y no puedo permanecer en silencio hasta que en la vida pronuncie esa palabra a través de mis labios, fui incapaz de hacerlo porque fui una inconsciente. Es una vergüenza y siento remordimiento por haber sido una imprudente hasta que mi cháchara debilitó mis fuerzas. Y cuando fui capaz de pronunciar la primera letra de mi palabra me halle acostada sobre mis espaldas con una piedra en la boca… sin embargo, mi palabra aún en mi corazón, viva y sublime debo pronunciar para que ella aleje con su armonía los pecados que mi cháchara ha creado. La antorcha debe surgir.

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